Foto de Fran Ares, Sonia autónoma del revés

7 marzo, 2017

El pecado de ser mujer, madre y autónoma

Sonia Hermida

Como en una película de Pajares y Esteso. Así me he sentido algunas veces en estos 635 días como emprendedora. Miradas condescendientes, empresas que ni te piden un dossier o presupuesto cuando hay otra empresa candidata liderada por un hombre, mujeres que confunden la "solidaridad" femenina con aprovecharse de tu buena fe... Ser madre diversa, emprendedora y mujer es un pecado que una atea como yo ha cometido sin dudarlo. No tengo la menor intención de hacer penitencia.

Nunca, jamás, en mis 15 años de experiencia laboral me he sentido tan menospreciada, minusvalorada y ninguneada como desde el momento en que decidí arrancar mi propia aventura empresarial. Pérdoname la desvergüenza, pero dado que esta es, al fin y al cabo, mi web, hoy tomo prestada mi propia casa como una clínica de terapia ocasional. Mis pobres amigas y mi compañero lo agradecerán, porque en los últimos meses deben de estar un poco hartos de escucharme explicar alguna de las cosas que hoy vengo a soltar por aquí. He pensado que esta terapia me saldría bastante más barata que un/a psicólogo/a (al fin y al cabo el dominio y el hosting ya los tengo pagados, así los amortizo de todo) y bastante más cómoda, porque puedo seguirla desde el sofá de mi casa. Sospecho, de cualquier manera que muchas de vosotras vais a sentaros en el diván de esta terapia ocasional conmigo. Así que allá va mi historia sobre el pecado de ser mujer, madre y autónoma (lo de emprendedora queda más bonito, pero el glamour no tiene nada que hacer en esta historia), contada por una atea que no piensa hacer penitencia.

8 de marzo, Día de la Mujer. El año pasado le escribía una carta a la mujer que será mi hija y 365 días más tarde, muy a mi pesar, tengo que suscribir todas y cada una de las palabras que salieron de mis entrañas aquel día. Eso sí, le añado otra nueva frase, «hija mía, espero de corazón que no seas autónoma». Si formas parte de ese colectivo privilegiado de mujeres con un buen trabajo por cuenta ajena no sabrás exactamente de lo que hablo, aunque puedes hacerte una idea aproximada. Yo también estuve en ese colectivo y tuve suerte, lo reconozco, no me odieis mucho, pero así fue.

Estudié Periodismo porque me gustaba contar historias. Puedo parecer soberbia, pero te juro por la pluma de Manuel Jabois (aunque no haya estudiado periodismo todos sabemos que escribe mejor que el 99% restante de la raza humana), por las crónicas de Rosa María Calaff y por la madre que me parió que es la pura verdad. Me fui a estudiar Periodismo porque era la carrera de «Letras» que exigía una media más alta con lo que tenía la esperanza de que mi familia y profesores dejarían de insistir en que mis «notazas» se iban al retrete al no decidirme por unos estudios un poco más «serios» como una ingeniería o, al menos, una carrera más «práctica» como Derecho.

Apariciones en medios de Omundaoreves

Collage con algunas apariciones en los medios de comunicación de Omundoaorevés

El caso es que entre las filas de los que pensábamos eso en aquel momento (y así ha seguido siendo durante muchos años) éramos una inmensa mayoría de mujeres. Notas más altas y Humanidades, ergo, sufijo femenino. Los hombres eran rara avis en nuestas aulas pero, ¡curiosa coincidencia! En cuanto me incorporé al mercado laboral me percaté de que esas raras avis debían de estar tan en peligro de extinción que alguien había decidido que al salir de la facultad lo lógico era protegerlas y por eso eran los hombres los que «controlaban el cotarro» desde los puestos directivos en el 90% de las empresas para las que he trabajado.

Exceptuando ese «pequeño detalle», prometo de nuevo por la sopa que nunca se tomará Mafalda que no me sentía realmente menospreciada, ninguneada o relegada hasta el momento en el que decidí ser empresaria. Según los datos de uno de los informes que nos regalan Malasmadres desde hace unos años, el 30% de las mujeres que emprenden lo hacen para tratar de buscar el equilibrio y conciliar. Puedo asegurarte que me he encontrado a muchas de ellas en el camino y de sus bocas he oído relatos estremecedores que, al principio, me parecían muy lejanos, tristemente creíbles, pero lejanos. Como aquella emprendedora que contaba que el contratista que tenía que realizar unas obras para su empresa la acosaba y perseguía para que saliese con él, las que explicaban cómo se dirigían en las reuniones de trabajo a los hombres presentes en la sala, a pesar de ser ellas las responsables de la empresa, etc, etc…

Por supuesto que creía lo que decían, no puse en duda ni una coma de sus relatos pero vivirlo es muy diferente. Ahora, un año y nueve meses después, cientos de reuniones y de contactos con empresas y emprendedoras/es después me declaro oficialmente cabreada con el mundo. Con un mundo en el que los hombres cierran negocios «de amigotes», con sus cañas, sus conversaciones monotemáticas y sus egos bien alimentados sin llegar ni a considerarte como una empresaria «real». Un mundo en el que las mujeres te escuchan con atención cuando les haces una propuesta o les presentas tus servicios pero sin dejar nunca de mirarte con esos ojos con los que, muchas veces se ven a sí mismas. Esos que les hacen creerse menos que otros empresarios por ser hombres o esos que les hacen dudar de tu capacidad de liderazgo o gestión de un proyecto importante. Un mundo en el que esas mismas mujeres confunden la «solidaridad» femenina con «abuso de confianza». Piénsalo un momento, eso a ellos no les pasa, si no pagan por el servicio ya se encargarán de cobrarlo de otra manera.

No siempre es así. Por supuesto. Hay profesionales y seres humanos que son simplemente eso: profesionales y seres humanos. Bastantes, por suerte. Pero nunca suficientes como para frenar al resto. En estos 635 días de  emprendimiento he visto situaciones que me parecían propias de una comedia de Pajares y Esteso, te lo puedo asegurar, pero resulta que yo no soy ninguna actriz florero. No doy ni el tipo, ni por dentro, ni por fuera. Para lo que sí doy el tipo es para defender un futuro mejor. Me gustaría soñar con que mi hija pueda tener un trabajo (ahora que las letras y los números empiezan a asentarse en su cabecita), incluso una empresa propia y que no tenga que repetirse a sí misma nada de todo esto.

Permíteme soñar en voz alta, o mejor dicho, en pantalla plana, al menos un ratito. En dos minutos vuelvo al mundo real, a trabajar, con mujeres y hombres reales, por un mundo en el que no tengamos que seguir celebrando el Día de la Mujer Trabajadora.

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