Peques del revés en la playa

18 octubre, 2016

Historia de una madre

Sonia Hermida

Hacía tiempo que no te invitaba a tomar algo y ya iba tocando. Relájate, sírvete lo que te apetezca y ponte cómoda porque hoy tenemos que brindar por nosotras y por todo lo que nos iguala. Porque, por mucho que las dificultades que nos encontremos en el día a día puedan ser diferentes, aunque nos cansemos un millón de veces más unas que otras hay algo que nos iguala a todas las madres.

Te veo en las salas de espera de urgencias o de alguna terapia, en el autobús, nos cruzamos en la calle, por las mañanas de camino al cole, en una sala de conciertos, a veces en el teatro o en el parque y casi casi me reconozco en tu mirada. Diría que la he visto en mi espejo un millón de veces. Esa mirada cansada, ansiosa, llena de esperanzas y siempre con un punto de tensión por lo que pudiera suceder. Te miro y me veo en ti y si me miras con un poco de calma, seguro que te verás en mí. Lo sé porque la mía es la historia de una madre que podría ser la de millones de madres en el mundo, igual de especial y de diferente que cualquier otra.

Porque yo también he llorado mil veces medio a escondidas, me he quedado paralizada y encogida en una esquina al no saber calmar el llanto de mi niña y me he dicho a mí misma y al papá del revés. «No puedo más. Es demasiado para mí». Yo también me he sentido totalmente sobrepasada por situaciones que nadie me había advertido de que viviría día sí y día también. De hecho, estoy segura de que nadie ni nada te puede preparar para esto porque si les creyeses, lo más probable es que decidieses no tener hijos/as. De lo contrario estarías loca de atar.

Sí, yo también me desvelo pensando en el futuro, en lo que pasará en sus vidas dentro de 30 años, en cómo solventaremos todos esos escollos que sé que aparecerán en su futuro o, mejor dicho, cómo les prepararé para que los solventen ellos solitos. Y yo, que nunca he tenido alma de ama de casa ni de enfermera o cuidadora sigo agobiándome por un ataque de tos y sigo cambiando pañales seis años después. Sabía que esa parte del «oficio» venía de serie, pero nunca creí que fuese a durar años. Repito, a nadie le preparan para esto.

Y sí, lo confieso, aunque después me haya arrepentido, en algunos momentos, yo también he deseado que mis hijos fuesen diferentes de cómo son. He soñado con que mi hija pudiese comunicarse con facilidad con cualquier persona y no necesitase de nuestra supervisión constante. He soñado con que mi hijo no pusiese a prueba mi paciencia cada mañana al levantarnos y prepararnos para el cole.

Porque esto no va de madres especiales, de necesidades especiales ni de miedos especiales, no. Esto va de seres humanos, de sentimientos, de maternidad, sin más. Porque cuando empecé a escribir en este blog una de las cosas que tenía muy claras era que quería «normalizar» las vivencias de las familias con diversidad funcional para que nadie las vea como algo lejano, especial e increíble que nos sucede a unas pocas. No, amiga, nuestro camino puede ser más difícil, eso no lo niego, pero los sentimientos, las dudas, las lágrimas, el sufrimiento y, por supuesto, las risas, las cosquillas y la luz son exactamente las mismas para todas.

Niños del revés

La falta de paciencia, las críticas de las vecinas o de la sociedad, el ritmo de vida que nos arrastra como marionetas de una esquina a otra de la ciudad sin darnos tiempo ni a pensar en lo que queremos hacer, los pequeños grandes problemas de la convivencia, la incomprensión de una administración pública que sigue obstaculizando muchos de los avances imprescindibles en educación o sanidad, ver cómo tu hija se frustra una y otra vez por no ser capaz de conseguir hacer algo…

De acuerdo, las barreras que nos encontramos pueden ser más difíciles de superar, quizás nos hayamos tenido que preparar para subir al Himalaya mientras tú sólo te has encontrado en tu camino una pequeña colina. Es posible que hayamos estado a punto de morir por congelación mientras a ti te facilitaban una chimenea para calentarte en el invierno más frío. No lo voy a negar.

 

Lo que nos sucede puede ser diferente, pero nuestros sentimientos y emociones nos igualan. Nos igualan los vellos de punta cuando vemos la luz en los ojos de nuestros/as hijos/as por la mañana. Nos igualan sus sufrimientos que sentimos como propios. Nos iguala esa sensación por la que todas hemos pasado, esa con la que iniciaba el post. Esas ganas de tirar la toalla, de cogerse un avión y marcharse a cualquier rincón perdido del mundo. Pero hay otra cosa que también nos iguala y es que cuando les miramos sabemos que no lo haremos jamás, que siempre estaremos allí para ellos/as y por ellos/as.

Ellos/as nos igualan. Ellos/as nos convencen cada día de que podemos seguir adelante, sin necesidad de pedírnoslo, aunque no hablen. Ellos/as nos secan las lágrimas con sus besos y nos demuestran que somos los seres humanos más fuertes del mundo por el simple hecho de ser madres.

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