Ellos se divierten juntos más que nunca

10 enero, 2019

Me lo pido

Sonia Hermida

Su forma de ver el mundo. Su empatía (aunque a veces le falle y me preocupe), sus gafas de colores. Son lo único que quiero para sobrevivir en el planeta Tierra o en cualquier universo paralelo. Hoy te traigo una historia real sobre regalos, cartas de Reyes y amor. Y no, no hay pena ni lástima en ella. Hay lecciones de vida y muchos sueños compartidos. ¿Te quedas a leerla?

Guarden todos los adornos navideños, recojan los envoltorios de todos los regalos y tiren inmediatamente los restos de mazapanes. El simulacro de amor y de paz en el mundo queda clausurado hasta el mes de diciembre de manera inmediata así que, mientras tanto, y para poder seguir autoconvenciéndome y convenciéndoos de que el mundo es un lugar que merece la pena, permitidme que recupere una historia real de esta Navidad en la casa del revés.

Una historia de consumismo, empatía, magia, comprensión y comunicación. Una historia de las pocas que merecen ser contadas. Una historia de amor.

¡Me lo pido! ¡Me lo pido! ¡Me lo súper pidooo! La voz de mi hijo llega cristalina desde el rincón de la sala en el que se ha atrincherado, rodeado de catálogos de juguetes y su emoción traspasa cualquier barrera acústica. Le brillan los ojos de tal forma que cualquiera podría pensar que esas páginas han sido espolvoreadas en realidad con alguna sustancia alucinógena. Lo cierto es que no hay mejor droga que la de los sueños y la imaginación y yo sé muy bien que esa luz procede de otro lugar bastante más seguro y libre de pastillas, pero no exento de un cierto peligro: el de los sueños que la transportan a un mundo en el que podría tener todos los juguetes del mundo, un mundo en el que todo es posible pero, al mismo tiempo, un mundo al que le conduce una consumismo que nos acecha a tod@s sin pretenderlo.

Poco le importa a él lo que le digamos. En sus manos, cada hoja de esos catálogos es un mundo entero de posibilidades y cada reseña de juguetes, una nueva aventura. Es feliz así. Lo sé. También era feliz hace media hora, cuando se apropió de la estructura de cartón en la que venía pertrechada la nueva impresora y se construyó con ella un fuerte digno del más fiero Playmobil.

Lo quiere todo y no necesita nada, bueno, casi nada, al menos nada material, para jugar, para ser feliz.

Mientras tanto, en la misma sala, en los mismos 30 metros cuadrados, aunque a veces me parezca que está a eones de distancia a tantos niveles, apenas a dos palmos «literales», su hermana deambula entre sus instrumentos musicales y un libro-puzle que no deja de deshacer y hacer una y otra vez. Entre exclamación y exclamación de su hermano alcanzo a intercalar un «Cariño, tenemos que empezar a escribir tu carta a Papá Noel y a los Reyes, ¿no?».

Su complicidad en los últimos meses ha ido creciendo

Su complicidad en los últimos meses ha ido creciendo

Sé de sobra que ella no me ha entendido. Del gordo de barba blanca y los magos de oriente poco sabe. Reconoce unas imágenes que le enseñamos cada año y participa con sonrisas y cierta sorpresa en el espectáculo de la cabalgata, siempre que las aglomeraciones y los ruidos no acaben con su paciencia y, ya de paso con la de mamá y papá. Al fin y al cabo, lo de coger caramelos es un deporte maravilloso, ¿no?

En realidad, en este tema, como en tantos, tantos, tantísimos otros, no tenemos muy claro qué es lo que ella llega o no llega a entender e incorporar a su vida. Sabe que hay una época del año en la que no hay cole en invierno. Percibe que hay mucho movimiento y que vamos a fiestas y celebraciones. Se pone hasta las trancas de turrón de chocolate y similares y acaba cabreada con el mundo por tanto alboroto y desajuste de agenda.

Pero volvamos a nuestra escena inicial. Después de dar una y mil vueltas nos ponemos los tres a escribir la carta a Papá Noel de la peque. Yo voy proponiendo cosas: un puzle, un cuento… Su hermano coincide conmigo en que le gustarán y la superviso mientras va escribiendo las letras en el papel. Y en ese momento se produce la magia.

Lo cierto es que, como sabréis, por todo lo que leéis en esta web, siempre busco juguetes de un perfil muy determinado. Juguetes duraderos, a ser posible sin pilas, que no sobreestimulen a los niños, que se adapten a sus diferentes fases evolutivas y que se puedan utilizar de mil formas. Juguetes en los que los protagonistas sean ellos y ellas y no un botón y unas luces. Así que, habitualmente, no dedico a los catálogos de algunas grandes cadenas jugueteras más de 2 minutos de mi tiempo, pero el peque del revés sí lo hace y en aquel momento lo hizo de nuevo, pero de una manera muy diferente.

Aquella tarde el peque puso en práctica algo que todos y todas deberíamos ejercitar a diario para que este mundo mejorase a pasos agigantados: LA EMPATÍA. Empezó a repasarse los manoseados catálogos con los ojos de su hermana y le prestó sus habilidades comprensivas y comunicativas para, de alguna manera, darle voz a algunos de sus intereses. En 15 minutos identificó en aquellas hojas de papel 4 juguetes que realmente le gustarían a su hermana.

El niño que con 2 años me dijo que íbamos a arreglarlo, que íbamos a entender a su hermana, con 6 años es capaz de entenderla casi mejor que nadie y se presta, de vez en cuando (no nos olvidemos de que tiene 6 años, mil inquietudes y como todos los hermanos, también se ignoran y se chinchan a veces) a ser su voz, incluso su alma gemela.

Y le pedimos a Papá Noel algunos de los regalos que ella eligió a través de su hermano. Y cuando vió que no se los habían traído me lo dijo.

Días después, los Reyes Magos arreglaron parte del despiste de su amigo barbudo.

Para el año que viene tengo clara mi carta a los Reyes. Me lo pido. Me los pido. A ambos. Que nunca serán míos, pero siempre estarán conmigo. Y yo siempre con ell@s.

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