El peque del revés, devorando un libro

5 marzo, 2020

Mi hijo no me lee… o cómo enseñar a un niño a odiar los libros

Sonia Hermida

Que nunca nos falte el humor, ni el amor, por supuesto... La preocupación asoma en cerca de la mitad de las familias con niños o adolescentes en uno u otro momento. ¿Por qué no lee? ¿Qué estamos haciendo mal? Hoy te cuento las mejores formas de conseguir que tus hijos o alumnos odien los libros ;)

Mi hijo no me come.

Mi hijo no me duerme nada bien.

Mi hijo no me lee… El pronombre “me” en su uso de dativo ético (no se me asusten con el palabro, por favor) es aportación mía aunque, no creo que estemos lejos de escucharlo.

Mi hija ha empezado a leer tras años de esfuerzo. Ha sido un trabajo largo y complicado que todavía no ha terminado, pero hemos avanzado ya un gran trecho en este camino y puedo decir sin dudarlo que uno de sus momentos favoritos en su rutina diaria es el de los cuentos (bueno, en realidad, prefiere la poesía, pero para ella todo son cuentos). Mi hijo es un lector apasionado y compulsivo al que cuesta arrancar un libro de la mano incluso para ir a una fiesta de cumpleaños.

Aunque haya sido de forma amateur, he impartido diversos cuentacuentos y llevo años formándome (y sigo en ello) en el ámbito de la Literatura Infantil. Así que llevo tiempo recibiendo este tipo de comentarios o escuchándolos en la calle, en el parque, en el bus o en cualquier contexto en el que sea frecuente la presencia de madres y padres.

Yo, por supuesto, TAMPOCO tengo la fórmula mágica, ni lo pretendo. No tengo las respuestas, aunque sí muchas preguntas y unas pocas, poquísimas certezas. Pero es que lo mío no tiene mérito porque yo sé algo que muchos no se han parado a investigar. Y es que esta misma preocupación acompañada de la pregunta “¿por qué los niños de ahora ya no leen como los de antes?” se ha venido repitiendo de forma sistemática a lo largo de los últimos 70 años. Sí, sí, no exagero, si acaso, me quedo corta. A los hechos me remito.

Niña lectora

La peque del revés, leyendo

Y como estoy empeñada en que literatura y ciencia se reconcilien y recuperen un idilio que jamás debió terminar, vamos a demostrarlo.

Prueba número uno.

El artículo en el que me he inspirado para titular este post, de la autoría del genial Gianni Rodari, fue publicado en el año 1966. En “Nueve formas de enseñar a los niños a odiar la lectura”, el escritor, pedagogo y periodista italiano da una irónica respuesta a las preocupaciones de los padres, madres, profesores y mediadores de los años 60 ante el supuesto abandono de la lectura de millones de niños y jóvenes de todo el mundo ante la llegada de la televisión a sus vidas.

Prueba número dos.

Los miles y miles de páginas publicadas en los últimos 70 años al respecto, ya sea en ensayos, artículos de prensa, manuales destinados a educadores/as y familias o publicaciones en Internet (voy a hacer spoiler, si los jóvenes ya no leen, ¿qué es lo que hacen en sus móviles y ordenadores a diario?).

Prueba número tres.

Los millones de euros, dólares, libras, pesetas, francos, yenes, etc invertidos en estos 70 años en planes de fomento de la lectura en cientos de países en todo el mundo. Eso sí, hago una aclaración, no doy todo ese dinero por mal invertido, al igual que tampoco creo que todo valga en el mundo de la lectura… Depende.

Niño lector

El peque del revés devora libros en todas partes

El resto de pruebas las iré intercalando entre estos mandamientos para conseguir que los niños y adolescentes ODIEN los libros y la lectura. Vamos allá.

  • Aparta a los más pequeños de los libros. Si no saben leer, ¿para qué los quieren?

Y, como sigo empeñada en demostrar con hechos mis afirmaciones, allá van dos hechos muy concretos. El primero lo viví en mis oídos en una librería hace unos meses, pero estoy segura de que, si hacéis memoria, sereis capaces de recordar algún hecho similar en vuestro entorno en los últimos años.

Mientras yo repaso novedades editoriales, una señora entra con dos niños. Uno de ellos, el más inquieto, era todavía pequeño (alrededor de 4 años, calculo) pero, por supuesto, su tamaño no le impedía alcanzar varias estanterías repletas de libros en su paseo por la librería. Empezó a mirar algunos y a tocarlos, cada vez con más energía.

En un momento determinado se acercó a unos libros enormes en una mesita baja y terminó por tirar uno de ellos. La mujer, muy nerviosa ya, lo atravesó con un grito: “¡Pero, estáte quieto ya! A ver, ¿tú sabes leer?” El niño contestó cabizbajo con un “no” apenas audible al que la adulta respondió con un tajante e incontestable, “¡pues si no sabes leer, no toques los libros!”. Ato seguido, arrastró a los dos niños fuera del local dejando en mis oídos y en mi cerebro una sensación de pavor absoluto.

Y no, no voy a decir que le dejes a tu hijo de 3 años tus novelas para que las destroce. No, no voy a decir que llenes tu casa de caras ediciones de libros sin protegerlas de las investigadoras manos de un bebé. Pero creo que entre ESO y AQUELLO hay un mundo de matices.

Más ejemplos que, por suerte, cada vez son menos escasos en los centros educativos y bibliotecas.

En mi etapa escolar, la biblioteca de centro era un espacio inexistente o absolutamente limitado. Los colegios que contaban con ella la dedicaban a cerrarla o limitarla a unas pocas horas de estudio y consulta para los cursos superiores. Hoy, en pleno siglo XXI, la situación es muy diferente, por suerte pero, confieso que todavía conozco algunos centros educativos en los que les cuesta dejar a los más pequeños su espacio en la biblioteca, limitando al mínimo sus acercamientos a los libros.

  • Utilizar frases como “¿por qué no dejas ya los vídeojuegos y te pones a leer?” o “¡Apaga la televisión y coge un libro!”

Este sistema ha venido demostrándose como absolutamente infalible década tras década.

Imagina que estás viendo una película que te encanta y llega alguien y te apaga la tele para ponerte un libro en la mano. Ya puede ser el mejor libro de la historia, poco te va a importar en ese momento.

Así que, desde luego, puedes imaginarte lo que le puede parecer a un niño escuchar a diario frases como “Deja ya esas tonterías y haz algo de provecho”. Él no quiere hacer algo de provecho. No es algo que entre en su lista de prioridades, ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo. Hacer algo divertido como ver una serie que les guste o jugar a sus vídeojuegos favoritos, desde luego, sí.

Prohibir algo que les encanta colocando en el otro lado de la balanza los libros… ¡Odio a la lectura asegurado! Decidir que las pantallas excluyen los libros y viceversa… mal negocio en el año 2020.

  • Imponer el libro en el aula y en casa como un castigo

Otro método que no falla. Eficacia garantizada. ¿Que los niños se pelean o rompen algo? Pues lo solucionas con un “¡A ver si te quedas quieto de una vez! ¡Siéntate y ponte a leer!”

Lisboa con niños

Y esas estanterías de libros…

  • Abandonarles solos frente al libro

Cuando llega ese momento en el que la niña o el niño empieza a leer sola/o. Ese fantástico momento en el que se suelta de tu mano y coge carrerilla. Coge un libro y es capaz de terminarlo sin ayuda. Al pasar unos meses, a veces incluso uno o dos años, hay un grupo de madres y padres bienintencionados que deciden que “ya es mayor” y que se acabó la hora del cuento. Los argumentos son variados, pero suelen incluir términos como “vago” o “pereza”.

Pensemos un momento, ¿acaso puede haber algo más placentero que tumbarte en la cama a escuchar una historia? ¿Sentarte junto a tu madre o tu padre y viajar con ellos a las minas del rey Salomón, al salvaje oeste, a la selva africana o al desierto del Sáhara con un libro en la mano?

Para mí, desde luego, como madre, contarles, cantarles, interpretarles historias ha sido uno de mis más placenteros retos diarios. Por sus caras deduzco que para ellos también.

  • Invalidar sus elecciones literarias

“¿Esa porquería vas a coger?” “No, no, ese libro es de mayores” o, lo que es peor, “Ese es un libro para bebés, déjalo en la estantería y coge otro”… Aunque el glosario de frases es mucho más completo e incluye “no cojas cómics, que eso no es leer” o “si es que eso es una porquería”.

Invalidar sus elecciones literarias, desautorizarlos por completo y llevarlos “por el buen camino” es otro pasaje directo al odio lector. ¿Qué tipo de mensaje les estamos transmitiendo si les decimos que ellos no saben y que tienen que leer sólo lo que nosotros digamos? Para empezar, les estamos menospreciando y alejando de nosotros pero, además, les estamos diciendo que no tienen criterio propio e imponiendo el nuestro.

Ofrecer una amplia variedad de títulos de géneros diferentes es una buena, buenísima idea. Dejarlos a su alcance e incluso leer nosotros algunos para que vean que nos encantan. Quitarles de las manos el libro que han cogido con ilusión en la biblioteca para poner otro en su lugar… una nueva capa de asfalto en el camino hacia el odio lector.

Por supuesto, hay muchas otras formas de hacer que nuestros hijos o alumnos odien los libros. De hecho, estamos rodeados de ellas porque la sociedad en la que esos niños viven no está pensada para propiciar el amor a la lectura.

Recuerdo a la bienintencionada dependienta de una tienda que se puso a charlar animadamente con mi hijo unas vacaciones de Navidad. Le preguntó qué le había traído Papá Noel y cuando él respondió que un montón de libros, la simpática vendedora le respondió con un compasivo “Bueno, no te preocupes, seguro que los Reyes te traen juguetes”. ¿Qué tipo de mundo es este en el que vivimos que presuponemos que los niños no quieren libros?

Por si lo dudabáis, la respuesta de mi hijo convenció a la dependienta de que sí hay muchos niños y niñas que siguen queriendo libros.

Niños lectores

Al peque del revés le apasiona leer

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