Educar a niños libres, inteligencia emocional, educación

14 abril, 2016

Yo quiero niños libres

Sonia Hermida

Educar niños y niñas libres. Seres pensantes, que sean capaces de abrirse camino en este mundo sin miedo y con confianza. Eso es lo que quiero. Puede que sea mucho pedir pero, ¿podríamos cambiar este mundo entre todos, por favor? ¿Desde cuando la sumisión y la obediencia son los valores que debemos transmitir a nuestros hijos?"

Escribo porque se me sale el enfado por los poros. Son años oyendo cosas, procesando mensajes que no querría haber recibido nunca (ya sabes, aquello de que hay días que sería mejor salir sin las orejas puestas de casa). Mensajes que no van dirigidos a mí, sino a niños y niñas que me rodean, a veces, a mis propios hijos. Mensajes que, la mayoría de las veces son el resultado de una educación que nos ha construído para ser borregos, una sociedad hastiada, aburrida y temerosa de caer otra vez a golpe de levantarse antes mil. Lo de esta semana fue la gota que colmó el vaso y que me hizo saltar todas las señales de alarma hasta el techo. Pero, para que entendáis de qué va esto, explico lo que sucedió.

Ya os he contado que la peque del revés es neurodiversa, tiene diversidad funcional o, como la sociedad ha generalizado, una minusvalía. Si queremos que esta condición sea reconocida para obtener los apoyos que necesitamos (al menos, una parte), tenemos que pasar por el trámite de la evaluación del grado de minusvalía pero, al ser aún muy peque, hay que repetirlo cada varios años y esta semana nos tocaba. Todo fue más o menos bien, o cuando menos, tranquilo, vaya. Hasta que llegó el turno de la trabajadora social, amable y sonriente nos acompañó a su despacho y, mientras que la peque investigaba los sonidos del radiador empezó a hacerme preguntas. En menos de dos minutos ya habían empezado las perlas: «¿Se porta bien en casa?» Y, después, tratando de arreglarlo y ante mis respuestas un tanto enfadadas que la descolocaron, «¿Obedece?».

Salí de allí con una mezcla entre estupor, hastío y vergüenza regados por un enfado creciente. Pero mi enfado no se dirigía a la funcionaria, en particular (que un poco sí, claro), sino más bien a la sociedad que TENEMOS QUE CAMBIAR ENTRE TODOS YA. Escupí en mi perfil personal de facebook lo sucedido y vi con alegría cómo mucha gente me contestaba cabreándose y haciéndose las mismas preguntas que me hago yo.

¿En qué tipo de sociedad vivimos en la que se valora que un niño sea bueno y obedezca sin rechistar? ¿Qué es exactamente portarse bien? ¿Decir: Sí, bwana a todo lo que le propongas? Como me decía la gran Carmen Saavedra, autora del blog Cappaces (que deberíais seguir). Una mamá de otro peque diverso, en una evaluación de minusvalía, ante la pregunta de si su hijo era capaz de beber sólo de un vaso respondió: «Sí, pero si le das un vaso con lejía, también se lo bebe».

«¡Vén aquí!», «¿te has portado bien en el cole?», «porque lo digo yo y punto!!!», «tienes que hacer lo que te dicen papá y mamá!» Por no meterme ya en otros temas que desterraría de la faz de la tierra de un plumazo como «Si no vienes aquí te voy a dar en el culo!!» A todas horas, en el parque, en el autobús, por la calle, recibimos este tipo de mensajes y eso va calando, poco a poco. Las palabras importan Y MUCHO.

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Será porque a mi hija le cuesta mucho más tener un criterio propio, será porque, como le decía a la funcionaria «preferiría que obedeciese mucho menos de lo que lo hace», será porque sé que necesitará plantarse muchas pero muchas veces en esta vida para que se la tenga en cuenta. Sea por lo que sea, yo lo tengo claro, tenemos que cambiar el discurso y las acciones. ¿Queremos seres sumisos que se dejen guiar y no protesten ante las injusticias?, ¿realmente queremos niños/as que no levanten la voz y se dejen hacer? En un taller al que acudí hace unos meses una profe decía con mucho acierto que en estos casos tampoco podemos cargar contra nosotros los padres y madres sin piedad. No sería justo hacerlo. Hemos escuchado, recibido por mil canales este tipo de mensajes durante quizás más de 30 años así que, ¿cómo hacemos para eliminarlos de nuestro subconsciente de un plumazo? ¡Imposible! Habrá que ir poco a poco, siendo conscientes de lo que decimos o hacemos y, sobre todo, siendo consecuentes.

Nadie es perfecto, eso también tienen que aprenderlo los peques, pero, ¡un mínimo de coherencia, por favor! Te propongo pequeñas cosas, nuevas líneas en ese discurso que te abran nuevos caminos en tu relación con el/la peque. En lugar de «¿te has portado bien en el cole?», «¿te lo has pasado bien?» o, «¿cuál ha sido el mejor momento de la mañana?» o, simplemente, «¿has aprendido algo nuevo?». Cambia las órdenes continuas por preguntas, explicaciones o negociaciones, cuando sea necesario (no chantajes). En lugar de «¡Vén aquí ahora mismo!», «Ese lugar es peligroso. Piensa en que está muy alto» o «En cinco minutos empieza la clase, ¿quieres llegar a tiempo y escoger tu sitio favorito?».

Por supuesto estamos hablando siempre de situaciones en las que la integridad del peque no se vea comprometida (en esas es mejor actuar rápido y casi sin pensar), pero en el resto, tenemos que abogar por un cambio en la educación que nos traiga nuevas generaciones de personas que usan de verdad su cerebro. Quiero niños que piensen por sí mismos, que se rebelen, que me demuestren que me equivoco, que me digan NO una y mil veces, que me planten cara, que me aporten siempre su punto de vista para poder enriquecer el mío. Porque, de lo contrario, gentes del revés, esos niños/as serán adultos/as sumisos/as a los que sus jefes podrán exigirles de todo sin escuchar ni una sola protesta, que no se quejarán ante las injusticias que se presenten en su camino, que soportarán con estoicidad a gobernantes y sistemas corruptos sin atreverse a levantar cabeza porque «no hay nada que hacer, es lo que hay».

Yo no sé tú, pero yo no quiero que mis hijos sean borregos. Les quiero todo lo libres que su cerebro les permita ser. Quiero que sueñen a lo grande, que actúen pensando que TODO ES POSIBLE en esta vida, con determinación, con firmeza, sin miedo, sin sumisión.

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