Instinto maternal, maternidad

9 octubre, 2015

Soy una madre sin instinto maternal

Sonia Hermida

Una madre sin instinto maternal, triste, pero cierto. Aunque, quizás es que el instinto maternal está sobrevalorado o simplemente hay que redefinirlo. ¿Alguien en la sala que me preste un poco? Aquí llegan mis reflexiones del revés acompañadas de caña, vino o lo que te apetezca tomar. Invito yo, es mi fiesta al fin y al cabo.

Definitivamente, creo que nunca he sabido muy bien qué es eso del instinto maternal. Así a bocajarro de lo suelto, porque no hay mejor forma de tratar este asunto. No veo sentido a andarme con paños calientes y además estamos tomándonos una caña, en confianza. Si te escandalizas, peor para tí, si me comprendes, pedimos otra ronda.

Nunca he sido lo que se podría llamar una “madre vocacional”, al menos no en el sentido más tradicional de la palabra. Tengo amigas que siempre han querido tener hijos, sin el menor atisbo de duda. Mujeres a las que veía y sigo viendo y tenías claro, clarísimo que habían nacido para mecer a un bebé entre sus brazos. Otras que, aunque no lo viesen tan claro, cayeron rendidas ante sus peques y ya no pudieron salir nunca más del charco de babas totalmente aturdidas por el estado de enamoramiento absoluto en el que se habían visto subyugadas. Yo no. Pero si hasta veo feos a la mayor parte de los recién nacidos cuando todo el mundo babea y grita «¡qué mono!». Está claro que no tengo arreglo…

A lo largo de mi vida pasé por diferentes etapas, con veinte años escasos tenía clarísimo que quería tener hijos, que “los necesitaba”. Con 25 no tenía tan claro el asunto porque no acababa de encontrar un hueco en mi día a día para un bichillo que sabía que me requeriría una atención absoluta. Ya rondando la treintena volvía a tener ganas de contribuír al crecimiento de la población mundial, pero con serias dudas, derivadas sobre todo del hecho de que, por primera vez en mi vida tenía un trabajo medianamente estable y la posibilidad de viajar y disfrutar de pequeños lujos que antes me parecían un sueño.

Unos pocos años después mi pareja y yo nos lanzamos a la aventura y vinieron los peques. Primero uno y luego el otro. Babeamos, los queremos, los respetamos pero creo que nunca les he idolatrado realmente. Hay momentos en los que he pensado muy seriamente que me había equivocado y que todo esto me superaba. Esas horas en las que desfallecía rendida por el cansancio y sin saber qué hacer para que la peque cerrara los ojos porque como creo que no tengo muy desarrollado el instinto maternal, tampoco me han debido de meter en las hormonas las instrucciones para saber por qué llora mi niña/o!!!! A veces tardaba horas y horas en saberlo y otras muchas veces no llegaba a desvelar nunca el misterio y ahora que ya se comunican bastante mejor sigo sin acabar de entenderles muchísimas veces.

Así que, en realidad, creo que no tengo instinto maternal. Nunca podré tener la certeza, pero creo que mi vida es mejor con mis hijos, no me la puedo imaginar sin ellos y, como dice el padre #DelRevés, a veces, me cuesta recordar cómo era sin ellos todo esto allá por el Pleistoceno. Pero, en todo caso, insisto, tengo la certeza de que soy más feliz con ellos en el mundo, más feliz, ojo, no estoy más completa, antes de tenerlos no me faltaba nada. No creo que las mujeres necesitemos tener hijos para sentirnos realizadas ni que tengamos ningún hueco que rellenar, al menos no un hueco mayor que el que puede suponer en un momento dado una crisis por estar a punto de cambiar de década o un problema matrimonial. Y, desde luego, sin juzgar a nadie (no es mi trabajo aquí, sino informaros, compartir y pensar un poquito entre tod@s de paso) tener hijos para llenar vacíos de cualquier tipo es tenerlos por la razón equivocada. Aún así, a veces, funciona, pero es como para pensárselo.

Hace años tuve un jefe que me dió un consejo que no olvidaré nunca: “Para tener hijos tienes que estar realmente muy seguro de quererlos. Nada de impulsos o sensaciones, hay que pensárselo muy bien porque, además de la parte bonita suponen una responsabilidad inmensa”. Bien, pues yo, sin instinto maternal, me apliqué este consejo al pie de la letra. Imagínate lo que querré a mis peques del revés para, a pesar de todo esto, haberme decidido a tenerlos y a seguir adelante día a día, mañana a mañana, berrinche a berrinche, noche en vela tras noche en vela, sin instinto maternal en el que ampararme, con montones de ropa que nunca hemos planchado, sin saber cocinar un buen bizcocho ni unas croquetas y ni tan siquiera coser el dobladillo de un abrigo. ¿Acaso alguien necesita eso para ser feliz?

La última la pago yo también 😉

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