Vivir de vacaciones, maternidad, paternidad. Foto de Olladas Paos

25 febrero, 2016

Vivir de vacaciones

Sonia Hermida

Mañana es mi aniversario como madre. Mañana cumple años la peque del revés y he decidido hacerle el regalo más bonito del mundo. Voy a tratar de vivir cada día como si fuese de vacaciones. Porque merece la pena intentarlo para no tener el año que viene esta sensación de tiempo "perdido".

Soplas la vela, aplaudes, abres los regalos, celebras una fiesta a tu gusto y el/la peque se lo pasa genial. Besos, abrazos, sonrisas… y por dentro te rompes un poquito echando la vista atrás, pensando en que tu bebé ya no lo es, en que tu peque ya no es tan peque, en que el tiempo se te escapa entre los dedos. Pero, al día siguiente, cuando os levantáis para ir al cole, al trabajo, a las actividades todo eso se te ha olvidado y la frase sale de tu boca sin pensarlo, de modo automático: “¡Venga, apúrate, date prisa que no llegamos!!”

¿No llegamos a dónde? ¿A la vida? La peque del revés cumple años mañana, viernes. Y no, no te voy a hablar de decoraciones DIY ni de tartas, bolsas de caramelos o coronas inspiradas en la última peli de moda. Mañana es mi aniversario como madre (al fin y al cabo el cumpleaños de tu primer hijo/a no deja de ser también un poco eso) y siento auténtico vértigo sólo de pensar en todo lo que ha pasado desde que estábamos en aquella sala de partos del Materno Infantil. No siento añoranza, no siento morriña, ni tristeza, pero te mentiría si te digo que estoy feliz. Debería estarlo. Lo sé, sé perfectamente que los cumpleaños, los aniversarios son un momento de celebración y alegría de vida, pero no soy capaz de sentir una felicidad completa en los cumpleaños de la peque y creo que los motivos son dos (el segundo tiene que ver con las dificultades y limitaciones de mi hija, así que lo dejo para otro día).

El primero es el que te apuntaba antes: vivimos en una incoherencia constante sobre el paso del tiempo. Vivimos en emergencias continuas, nuestro día a día es una emergencia y todo es para ayer. No llegamos al cole, al autobús, al trabajo, a clase de música, inglés o judo. No dejamos de correr para después, una vez al año, dos o tres, quizás, pararnos a pensar en todo lo que hemos corrido y lamentarnos en muchos casos. Porque a lo que al final no llegamos es a la VIDA, a disfrutarla plenamente.

Existen varias teorías en el campo de la neurología que explican que los momentos en los que vivimos más intensamente, los momentos de cambio, como cuando tienes un hijo, o cuando es aún un bebé, donde todo son novedades: su primera papilla, su primer gateo, sus primeras palabras, sus primeros pasos, la primera vez que vas con él/ella de viaje, etc. Todos estos son momentos de tal intensidad que provocan en tu cerebro esa sensación de que el tiempo no pasa, de que los meses duran años y el primer año de vida del peque te parece que lleva ahí toda la vida. Ays, pero cuando has pasado esos primeros años, la cosa cambia, las rutinas se instalan, la intensidad disminuye, las prisas llegan para quedarse!!

Familia del revés en acción

Foto de Olladas Paos

Pasan 3, 4 años y cuando llega el día de su cumpleaños, tu aniversario como madre (o padre) y piensas ¿a dónde se ha ido todo este tiempo? ¿qué hemos hecho con él? ¿a dónde se han ido aquellas horas interminables en las que mirabas cómo dormía tu bebé o jugabas a palmitas, le cantabas canciones y le acompañabas al parque por primera vez? Las buenas noticias son que en todo ese tiempo habéis hecho muchas cosas juntos/as, muchísimas más de las que serás capaz de recordar jamás. Las malas son que una parte de ese tiempo (aunque sea pequeña) se ha ido en carreras, prisas, atascos, en esos “vamos, corre que nos cierran la puerta” o «hay que irse a dormir ya»… No eres una mala persona por ello ni tienes que sentirte culpable, no se trata de eso. Somos humanas/os, pero queremos ser perfectas/os, llegar a todo a tiempo y además divertirnos. Pues para eso tienes que cambiar algo en tu vida sí o sí.

En unas charlas a las que acudí hace ya unos años, Nuria Otero, doula, asesora de maternidad, psicopedagoga y un millón de cosas más nos dijo algo que se me quedó muy grabado pero que aún no he conseguido trasladar al día a día:

Vivamos cada día como si fuese de vacaciones

¿Sabes esa sensación que tienes cuando no hay horarios? ¿Cuando lo único que te preocupa es, si acaso, no perder el avión de vuelta a casa o que los peques no se despeñen por un barranco? Hagamos lo posible por trasladar esa sensación a nuestro día a día para liberarnos como sea, como podamos, de esos agobios que nos tienen maniatadas y nos impiden disfrutar de cada segundo de nuestra vida. Si trabajas y te arriesgas a un despido adáptalo a tus circunstancias porque no queremos estar de vacaciones forzosas, sino de esas que disfrutas a tope. Porque si tú afrontas la rutina de ir al cole como si no hubiera prisa quizás te des cuenta de que si un día o dos te cierran las puertas no es el fin del mundo, que si hoy los peques tiran todos los platos o la cocina se queda hecha unos zorros, podremos sobrevivir. Quizás no puedas ir a la playa a bañarte todos los días o cojas unos cuantos constipados por intentarlo pero, al menos, cuando llegue el siguiente cumpleaños de tu peque, cuando celebres tu aniversario como madre (o padre) ya no tendrás la misma sensación de tiempo perdido porque sabrás que has aprovechado con intensidad hasta el último minuto de esos años y soplarás la vela con una sonrisa completa de oreja a oreja, sin atisbo de duda.

Por cierto, no te lo he dicho, pero esta es una de esas entradas en las que te invito a tomarte un vino o una caña, espero que ya te la hayas servido 😉

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