Portada de Y entonces nos perdimos

25 septiembre, 2020

Y entonces nos perdimos: una novela gráfica de encuentros

Sonia Hermida

Hay libros que son como algunos ríos, que llegan y se van. Se esconden durante un ratito para después reaparecer con más fuerza. Hay libros que, como el río de esta historia, discurre cargado de farolillos luminosos que nadie sabe a dónde van a parar. Hay libros que necesitan ser disfrutados en la calma de un espacio propio, quizás bajo una manta o un cálido edredón. La luz ya la ponen ellos.

A veces, la única manera de encontrar el camino es perderse.

Esta frase que resumiría a la perfección la esencia del libro del que os vengo a hablar hoy serviría también, en realidad, para resumir mi vida y la de millones de personas. Diseñamos planes, medimos riesgos, nos preparamos para lo que está por llegar y entonces… sucede la vida.

No os dejéis engañar por mi arranque filosófico, Y entonces nos perdimos es un cómic (novela gráfica o como prefieras llamarle en este caso) perfecto a partir de 8 ó 9 años y hasta la eternidad. Editada exquisitamente por Astronave y obra de Ryan Andrews, un autor que, aunque había sido nominado ya para varios premios, no conocía, pero ahora no perderé de vista. De hecho, en su perfil de Instagram podéis ver algunas de las páginas de esta joya con más detalle que en mis fotos.

Y entonces nos perdimos

Y entonces nos perdimos

¿Por qué me gusta este libro para niños, niñas, adultos/as y más allá? Porque está lleno de aventuras, misterio, magia y amistad. Porque nos coge de la mano desde el primer segundo, desde esa primera página que nos sitúa en las normas que la pandilla se ha autoimpuesto (Nadie vuelve a casa. Nadie mira atrás) colocándonos en un privilegiado espacio en el que sabemos que van a suceder hechos extraordinarios y no nos suelta hasta que nos despegamos casi a marchas forzadas en la última página tras haber degustado cada uno de sus detalles. Lo es por la maestría en el uso de los colores, las viñetas y la propuesta gráfica en su conjunto. Lo es porque nos habla de tú a tú de cosas que realmente importa y lo hace de una forma apasionante.

Recuerdo perfectamente la primera vez que tuve este libro entre mis manos. Dudaba entre varios títulos de cómic que Eva me recomendaba con pasión en la acogedora sala circense de Moito Conto, donde se hace la magia a diario. Aquella portada oscura y luminosa a un tiempo me ponía ojitos (¡qué maravilla de trabajo editorial! ¡qué cuidado en la aplicación de colores, ese título que nos sitúa ya en un espacio mágico!), pero al final me decidí por otro título que, una vez leído, lamentablemente, resultó ser mucho más olvidable.

Y entonces nos perdimos

Y entonces nos perdimos

La segunda vez fue en nuestras biblios municipales, donde lo recogimos como el tesoro que era. Sospecho que habrá una tercera ocasión en la que ya no nos despediremos.

El arranque nos sitúa con pocas claves en un mundo infantil fácilmente reconocible, lleno de claves que a todos nos resultan próximas (inevitable pensar en aventuras como la de Los Goonies, la memorable Stand by me o el reciente éxito televisivo Stranger Things en la pantalla o series como las de Los Cinco, Los Hollister y así hasta el infinito). Un grupo de amigos se lanza a vivi su gran aventura en la fiesta del equinoccio. Se trata de seguir los farolillos que se tiran al río cada año en esta fecha para descubrir si lo que cuentan las leyendas sobre su final es cierto (que se convierten en estrellas). Las normas son claras: Nadie vuelve a casa. Nadie mira atrás.

Lo que empieza como un reto divertido termina convirtiéndose en la gran aventura de los dos protagonistas, Nathaniel y Ben, los únicos que, como los grandes héroes clásicos, se muestran dispuestos a llegar al final.

En su camino se toparán con toda una serie de personajes que nos ubican en referentes culturales y literarios variados: el gran oso blanco, la bruja malvada, el gran pájaro mágico, los peces… Podríamos darnos un auténtico festín mitológico analizando los símbolos que recoge Ryan Andrews para componer su sinfonía pero, en realidad, lo único que me interesa en este caso es que todos y cada uno de ellos han sido bien elegidos y se sitúan justo donde deben estar.

Y entonces nos perdimos

Lo sé, hay demasiada luz en esta fotografía. Ahora tendréis que ver esta página en el libro. Es maravillosa.

Leo que el autor vive en Japón y mi mente vuela inevitablemente hacia referentes mágicos y poderosos como el universo creado por los estudios Ghibli. Tanto por la potencia de los mitos y ritos creados, como por la fuerza visual que les da forma.

Otra de las palabras que se adueñan de esta reseña es AMISTAD. Lo que surge entre Ben y Nathaniel de forma irrevocable, muy a pesar de Ben y de sus dudas iniciales sobre Nathaniel, el único que no había sido invitado a la aventura y que, finalmente, se convirtió en su mayor instigador. Porque la trama se teje poco a poco en torno a la relación de estos dos niños y nos recuerda que el “rarito” el niño con el que nadie quiere jugar, el “pesado” siempre tiene detrás una historia y que, en muchas ocasiones, es especialmente interesante.

Así que sí, de alguna manera, la inclusión y el respeto también están presentes, como siempre, aunque no nos demos cuenta o no queramos verlo. Lo hace desde un lugar que me encanta al recordarnos que, a veces, nos cuesta VER y que sólo tenemos que darnos tiempo, permitirnos abrir los ojos, observar y compartir. Darnos y recibir, respetando cómo son los demás y permitiéndonos corregir nuestros propios errores.

Y entonces nos perdimos

Y entonces nos perdimos y otra de sus maravillas

Y entonces nos perdimos nos habla de esas cosas que no necesitan ser verbalizadas. De esos caminos que deberíamos haber tomado y de esas historias que nunca deberían dejar de ser contadas. Nos recuerda que el cómic es un género que puede alcanzar sus cotas también en “novelitas” para niños que devoramos los adultos.

Ahora que despedimos el verano, llega el momento perfecto para sumergirnos en el mundo que nos propone Ryan Andrews siguiendo los farolillos por el río desde nuestro sofá o nuestra cama. Degustando cada imagen y palabra tapados hasta las orejas con nuestra manta favorita.

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